domingo, 20 de octubre de 2013

Los anarquistas bajo la dictadura de Pinochet

Salvador Allende y Augusto Pinochet son las personalidades políticas chilenas más conocidas a nivel mundial. El inédito advenimiento del socialismo por la vía democrática en los tres años de la Unidad Popular (1970-1973) y la imposición forzosa del neoliberalismo, así como la sistemática violación a los Derechos Humanos en la Dictadura Militar (1973-1989), son a su vez, los procesos y hechos históricos más comentados cuando se habla de ese país. Por estos días se conmemoran 40 años del golpe de Estado que inició uno de los capítulos más tristes en la historia de quienes habitan la región chilena. Proceso cuyos alcances sociales, culturales y económicos se proyectan hasta la actualidad. Y es que después de todo se trata de un pasado demasiado presente. 

Y en esta historia ¿dónde estaban los anarquistas? ¿Cómo leyeron esa realidad y cómo intentaron transformarla? A continuación haremos un esbozo de la actuación de los libertarios en los tiempos de la Dictadura Militar, crudas décadas que paradójicamente testimoniaron el resurgir del pensamiento y la acción libertaria en ese país.

El 11 de septiembre de 1973 comenzó en Chile un Gobierno Militar que se prolongó hasta 1989. Toda la izquierda quedó proscrita y sus militantes fueron sistemáticamente perseguidos, expulsados del país, encarcelados, torturados y vejados, y aún miles fueron asesinados y desaparecidos. El Estado fue reformulado, restringiéndose radicalmente la libertad de asociación y opinión, al tiempo en que su estructura se adaptó a la implementación forzada del neoliberalismo a ultranza.

Dada la dispersión y el hecho de que no constituían entonces una amenaza real para el nuevo orden, la represión no cayó directamente sobre los libertarios, como sí lo hizo frente a la izquierda marxista leninista. Las pocas organizaciones anarquistas que actuaron en los días del gobierno socialista, como el Movimiento Sindical Libertario y la Federación Libertaria de Chile, desaparecieron y algo más de una veintena de sus activistas se exiliaron en Argentina, Italia, Suiza, Holanda y Francia, principalmente. Antes de eso, sin embargo, algunos de ellos pasaron por los centros de tortura implementados por la Dictadura. 

Tras el Golpe, pequeños grupos e individualidades aisladas intentaron aportar a la resistencia, tanto en el interior de la región chilena como en el extranjero. Dentro del país los pocos libertarios que quedaban se re-articularon veladamente participando en organizaciones relacionadas con los derechos humanos, el sindicalismo, el feminismo, el naturismo y el cooperativismo. La solidaridad hacia los presos de la Dictadura fue una de las principales banderas agitadas por los antiautoritarios. Muestra de ello es la que expondremos a continuación.

La Norsk Syndikalistisk Forbund (NSF), una central de trabajadores libertarios de Noruega adherida a la Asociación Internacional de Trabajadores (organización mundial anarco-sindicalista), colaboró con el Comité de Defensa de los Derechos Humanos y Sindicales en la tarea de sacar del país a presos de la Vanguardia Organizada del Pueblo para enviarlos a Noruega. La VOP, recordemos, había sido perseguida por la Unidad Popular y se encontraba aislada por toda la izquierda partidista, tras el asesinato que perpetraron en 1971 contra el ex ministro Edmundo Pérez Zujovic, a quien se responsabilizaba por la muerte en 1969 de varios pobladores en Puerto Montt. Más de siete presos de esa organización fueron sacados del país y liberados de su inminente peligro de muerte por los esfuerzos conjuntos de los defensores de derechos humanos en Chile y los libertarios europeos. Una breve y simbólica muestra de esa novedosa unión es una carta, fechada en 1978, de dos presos políticos en Santiago a la NSF:

«Siendo ésta, la libertad del hombre, una de las preocupaciones fundamentales de los anarquistas, deben estar presentes en su construcción, junto a combatientes de otras ideologías, como los marxistas, cristianos revolucionarios, etc., de tal manera que la Revolución no sea propiedad de un grupo reducido de personas, sino de verdad de todo el Pueblo».

Paralelo a todo lo anterior hubo intentos de reagrupación de organizaciones específicamente libertarias. En 1985, por ejemplo, se fundó en Santiago el Centro de Estudios Sociales Hombre y Sociedad, una organización (bajo la fachada de un club deportivo) compuesta principalmente por antiguos anarco-sindicalistas. Además de esta instancia hubo otros pequeños y fugaces grupos que apostaron por la lucha armada y el sabotaje. 

Junto con la actividad en el interior del país cabe señalar aquella realizada por los anarquistas criollos dispersos en el exilio y los grupos extranjeros que colaboraron, fugaz o permanentemente. Entre estos últimos está la Federación Obrera Regional Argentina, la Confederación Nacional del Trabajo en España, la Fédération Anarchiste de Francia, la Freie Arbeiter-Union alemana, el grupo Workers Emancipation de Estados Unidos, la Norsk Syndikalistisk Forbund noruega, la Sveriges Arbetares Centralorganisation sueca, y la Asociación Internacional de Trabajadores. Todas ellas apoyaron de diversas formas a los anarquistas y sindicalistas de Chile, ya sea generando periódicamente diversas actividades solidarias para reunir dinero o bien difundiendo la situación de este particular país sudamericano. 

Varios de los libertarios criollos que marcharon al exilio, unidos a otros refugiados anarquistas que entonces estaban en Europa, crearon la Coordinadora Libertaria Latinoamericana en 1978. Con ella se denunció sistemáticamente la represión que se realizaba en Chile y otros países del continente ocupados por dictaduras militares. Ellos, además, organizaron el Primer Encuentro de Libertarios Latinoamericanos en el Exilio que se desarrolló en Paris el 31 de enero de 1981, al que asistió medio centenar de anarquistas en esa condición.

Ciertamente los anarquistas constituyeron un grupo muy minoritario dentro de la resistencia anti-dictatorial, tanto en el país como en Europa. Sin embargo algunas acciones de solidaridad lograron cierto alcance e impacto más allá de sus reducidos grupos. Tal fue el caso del apoyo a los presos de la VOP o las campañas de denuncia del régimen que se realizaron en Europa, por ejemplo. Algo estaba pasando en el interior del movimiento libertario. Y es que a partir de los esfuerzos de solidaridad y reorganización que se realizaron en estos años, los anarquistas chilenos comenzaron su era de rearticulación. 

La caída del muro de Berlín y el desprestigio del llamado “socialismo real”, el retorno de libertarios exiliados, una nueva ola de interés de la juventud respecto al pensamiento ácrata, la irrupción de la música punk, y otros innumerables procesos colaboraron también en ese resurgir. Pero esa ya es otra historia. Aquí acaba este breve repaso. Sin duda múltiples microhistorias han quedado fuera, ya sea por la brevedad del espacio con el que contamos, o bien porque no dejaron huellas. Y es que después de todo, las imágenes del pasado que recreamos serán siempre aproximaciones.
Anarquismo social o anarquismo personal. Un abismo insuperable
Murray Bookchin
104 páginas
Virus, Barcelona, 2012
En este libro fundamental, Murray Bookchin desarrolla una contundente y sólida crítica a las corrientes anarquistas individualistas de las últimas décadas, y que muestran a este autor como uno de los más fértiles pensadores ácratas del siglo pasado (recordemos sus aportaciones al municipalismo libertario o su impresionante La ecología de la libertad). Escrito en 1995, justo cuando dichas corrientes empezaban a difundirse en el Estado Español, especialmente entre sectores de grupos de jóvenes libertarios, está precedido por una concisa pero excelente contextualización de Juantxo Estebaranz.
Partiendo de que «sus preocupaciones por el ego y su singularidad y sus conceptos polimórficos de resistencia están erosionando lentamente el carácter socialista de la tradición libertaria», el autor se detiene en varios autores y tendencias: el insurreccionalismo, el primitivismo o teorías antirracionalistas, neomísticas y de crítica a la tecnología y a la civilización industrial. Estas avanzan, en su mayoría, de las aportaciones de un individualismo criticado en su día por Bakunin o Kropotkin. De hecho, indica que, ya entonces, fueron interpretadas como «un lujo exótico de la pequeña burguesía, [...] un capricho de la clase media, mucho más anclado en el liberalismo que en el anarquismo». A su vez, Bookchin señala que dichas corrientes se basan en un «estilo de vida» (Social Anarchism or Lifestyle Anarchism es el título original) que se desentiende de la revolución social en pos de una autorrealización hedonista, y que cae en amplias y profundas contradicciones con los presupuestos que pretende defender.
Con un tono punzante y polémico, pero que no esconde una profunda reflexión teórica, poniendo sobre la palestra las fuentes directas, Bookchin revela sus motivaciones narcisistas («socialmente inocuas», subraya) y cuestiona la prevalencia del egoísmo, la fundamentación en el mito del individuo plenamente autónomo, su esteticismo y, en el fondo, la falta de compromiso real. Crítica, por tanto, una actitud elitista, arrogante, atravesada por el nihilismo posmoderno, que elude la responsabilidad y que cae en la frivolidad y que no busca más que la complacencia inmediata de los impulsos. Así, consiste en una encendida denuncia de teorías y prácticas políticas que encubren planteamientos pequeñoburgueses bajo un discurso contestatario y antiautoritario.
En cualquier caso, es importante destacar que, lejos del dogmatismo, Bookchin no postula una denominación única de anarquismo, pues no excluye estas tendencias dentro de él, sino que apuesta por añadir adjetivos para fijar las corrientes, a pesar de mantener (a mi juicio) posturas incompatibles. Por eso, formula la concreción práctica (no podemos olvidar sus fundamentales aportaciones acerca del municipalismo libertario o las tesis de La ecología de la libertad) de su postura en cuatro principios: confederalismo municipal, oposición al Estado, democracia directa y comunismo libertario. De esta forma, Bookchin apuesta por una anarquismo social que incide en el compromiso para/con la comunidad, en la construcción de organizaciones revolucionarias; que busca, en definitiva, una sociedad libre y justa para todas/os y no sólo para unas/os pocas/os que puedan permitírsela.
En suma, esta obra resulta una reafirmación de «la necesidad de un enfrentamiento organizado, colectivista y programático al orden social existente»; del anarquismo social como firme proyecto de emancipación de clase.
Alberto García-Teresa
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